Sobre la libertad de expresión

José Tudela Aranda, Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Zaragoza

Heraldo de Aragón
Sábado, 27 Febrero, 2021

La reciente entrada en la cárcel del rapero Pablo Hasèl ha devuelto a primer plano de la actualidad un debate casi eterno, el de los límites de la libertad de expresión. Antes de analizar someramente este caso, es conveniente realizar alguna puntualización. Cuando se estudian los límites de cualquier derecho, se entra siempre en un terreno complejo. Es común afirmar que debe realizarse una interpretación estricta, lo menos lesiva para el derecho/libertad en cuestión, y, normalmente, justificada por su colisión con otro derecho. Una segunda consideración hace referencia al hecho de que, como todos los derechos, la comprensión de la libertad de expresión ha evolucionado. Y en los últimos tiempos, de forma acelerada. No sólo por la influencia de los cambios sociales alrededor de los valores a proteger. También porque los instrumentos mediante los que se materializa han sufrido una profunda modificación. Las redes introducen algunas variantes que afectan a su definición. Como, por ejemplo, el poder adquirido por determinados medios privados o la multiplicación exponencial de la capacidad de difusión de cualquier mensaje. De todo ello deriva una situación confusa, en la que los problemas tradicionales se mantienen y surgen algunos nuevos.

El caso de Pablo Hasèl es ilustrativo de ese estado de cosas y de algunas más. Como es sabido Hasèl no entra en prisión por las letras de sus canciones ni por injuriar a la Corona. Entra en prisión por acumulación de condenas, algunas totalmente ajenas al tema que nos ocupa. Leído su historial se puede concluir que Hasèl tenía el objetivo de acabar entrando en prisión. Así, el debate, necesario, sobre la delimitación de algunos de los delitos que nuestro Código Penal relaciona con la libertad de expresión no debe hacerse al hilo de este caso. Debe realizarse en el marco más amplio de las directrices sentadas por instituciones y tribunales internacionales, necesariamente matizadas por nuestra realidad social. El delito de exaltación del terrorismo o humillación de las víctimas, no puede ser el mismo en Alemania que en España, donde la herida del terrorismo aún permanece abierta y las víctimas todavía son humilladas con cierta habitualidad. Por el contrario, el delito de injurias a la Corona parece objetivamente anacrónico. En todo caso, es necesaria una comprensión más amplia de la libertad de expresión en relación con el Código Penal. La regla debiera ser la criminalización de lo estrictamente indispensable. 

Todo ello me lleva a tres consideraciones finales. En primer lugar, hay que reiterar que se debate sobre si determinados mensajes son o no merecedores de prisión. El juicio sobre su oportunidad o idoneidad es bien diferente. Es importante. Que algo no deba ser sancionado con prisión no significa que sea bueno siquiera indiferente socialmente. Quemar una bandera no debe ser sancionado con la cárcel por considerarse una manifestación de la libertad de expresión. Pero en una sociedad democrática es un ejercicio de intolerancia agresivo. En segundo lugar, debe llamarse la atención sobre la necesidad de coherencia. Suele ser regla general que se defienda la libertad de expresión para las opiniones que nos son cercanas pero se eleve la indignación y se pida criminalizar aquellas que atacan nuestras ideas y valores. El nervio del respeto a la libertad de expresión es, precisamente, defender aquello que más nos puede repeler. Finalmente, hay que regresar a Pablo Hasèl. Sus letras y mensajes no son simplemente heterodoxas o, incluso, profundamente cuestionadoras del orden establecido. En muchas de sus canciones y twits no sólo muestra su apoyo a quienes asesinan sino que incita a continuar haciéndolo, incluso señalando víctimas con nombres propios. Creo sinceramente que muchos análisis realizados estos días relativizan en exceso la gravedad de estos textos. Aunque podamos considerar que ni siquiera los más expresivos debieran merecer una pena de cárcel, no puede restarse a los mismos un ápice de gravedad. Sólo hay que imaginar una sociedad en la que mensajes como los comentados se generalizasen con normalidad. La defensa de la libertad de expresión debe realizarse sin dar opción a que por parte de algunos se llegue a sublimar determinados mensajes. Son tiempos difíciles para la convivencia y si quienes tienen que adoptar las decisiones no tienen el rigor y claridad necesarios para la defensa equilibrada de los valores en juego, los problemas se precipitarán.

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